Un brindis por Casablanca, a setenta años de su estreno.

martes, 15 de enero de 2013

1. LOS FABULOSOS HERMANOS BAKER (The Fabulous Baker Boys, 1989)



Nunca había visto a la cámara enamorarse de la manera en que lo hizo de Susie Diamond (Michelle Pfeiffer) cuando canta Makin' Whoopee en la secuencia del año nuevo de esta película. Gira alrededor de ella, se marea de tanto verla, intenta desviar su mirada -el foco- hacia otra parte pero regresa porque ella, con su vestido rojo entallado, sus movimientos felinos (que de seguro habrá asimilado tiempo atrás cuando era Gatubela), se desplaza sobre el piano como quien se desliza sobre la propia música, another reason for makin' whoopee, los comensales permanecen arrobados, estáticos, es una cena de año nuevo, deberían comportarse más escandalosos, think what a year can bring, brindis, chistes, carcajadas, pero no pueden, igual que le sucede a la cámara, han quedado hipnotizados lo mismo que el espectador que también los observa desde el otro lado de la pantalla, that's what you get folks for makin' whoopee. Another year...

Esta es una de esas escenas que uno nunca quisiera que se terminara. De las que no es posible olvidar. Steve Kloves ha recibido mayor reconocimiento por sus guiones adaptando el serial de Harry Potter, pero haber escrito y dirigido Los fabulosos hermanos Baker, es lo que distingue su carrera como cineasta.


Jules Etienne


That's what you get folks for makin' whoopie. Another year...

sábado, 12 de enero de 2013

2. LUNA AMARGA (Bitter Moon, 1992)



Parecería que Roman Polanski retoma aquí lo que Bertolucci había iniciado en El Conformista (1970). El tango que bailaran Dominique Sanda y Stefania Sandrelli viene a culminar, más de veinte años después, con el beso lésbico entre las renovadas protagonistas ahora al ritmo de estamos agitándonos sin cadenas ni ataduras, el cielo se quema en un mar de llamas -después de todo, ¿no decía Gardel en otro tango que "veinte años no es nada"?-, el espíritu de un Polanski más primitivo, el de la perversidad obsesiva de Repulsión (1965) y mórbida de Punto Muerto (Cul-de-sac, 1966), subyace en Luna Amarga.

Celebración insólita para la llegada del año nuevo, Fiona (Kristine Scott-Thomas), la esposa que aún no es engañada por su marido (Hugh Grant), castiga su incipiente infidelidad consumándola por su cuenta con el mismo objeto de sus devaneos: Mimi (Emmanuelle Seigner).

Con el conteo regresivo del año viejo como mero telón de fondo, Luna Amarga es el festín que se arriesga a viajar más lejos, el brindis que rebasa las esperanzas y los deseos para consumarse en su propio exceso. Una secuencia culminante que rompe moldes y rebasa los arquetipos del festejo.


Jules Etienne

Kristine Scott-Thomas y Emmanuelle Seigner: el tango lésbico del año nuevo.

jueves, 10 de enero de 2013

3. LA QUIMERA DEL ORO (The Gold Rush, 1925)



¿Qué se puede decir sobre La quimera del oro que no haya sido dicho ya? ¿Cómo encontrar una manera diferente de exaltar los valores de una obra maestra? Me limitaré entonces a la escena de año nuevo. Tal vez la más característica de la película, ya que la danza de los bollos que ejecuta Chaplin para divertir a sus invitadas, sobre todo a Georgia (Georgia Hale) a quien le profesa un amor ingenuo y distante, ha sido vista y comentada en los ochenta y cinco años que han transcurrido desde su creación. Incluso Johnny Depp le rindió un homenaje en Corazones en conflicto (Benny & Joon, 1993), y Robert Downey Jr. también la repitió cuando caracterizó al propio Chaplin en el film sobre su vida que lleva por título su apellido (1992). Sin embargo, a final de cuentas no es más que un divertimento dentro del contexto de una cinta que resulta clave a la hora del recuento de su filmografía completa.

George Bernard Shaw describió a Chaplin como el único genio surgido del cine. Dirigía, producía, escribía los guiones y componía la música de sus películas (tonadas que, por cierto, todavía se escuchan en las voces de Barbra Streisand y Diana Ross, desde Nat King Cole hasta Michael Bolton o Rod Stewart), además de protagonizarlas. No hay manera de refutarlo.


Jules Etienne

Georgia Hale en pleno júbilo por el año nuevo.

martes, 8 de enero de 2013

4. CUANDO HARRY ENCONTRÓ A SALLY (When Harry Met Sally, 1989)



Esta es una de esas comedias románticas que han logrado prevalecer a través del tiempo. Contiene todos los elementos para lograrlo. La trama ubica su inicio en 1977, y desde entonces Harry (Billy Crystal) deja establecido que "hombres y mujeres no pueden ser amigos porque el sexo siempre interfiere". Y procede a explicar a Sally (Meg Ryan), que ningún hombre puede ser amigo de una mujer que le resulta atractiva, porque inevitablemente acabará deseando tener relaciones con ella. Por eso, deciden desde ese momento, que no podrán ser amigos. Se volverán a encontrar cinco años después para, entonces sí, establecer una amistad que con el tiempo acabará por transformarse, tornando válida la premisa original del protagonista.

Juntos conviven en varios festejos de año nuevo, pero es en el último de ellos, cuando Harry, vagando por las calles mientras Sally se encuentra en un baile, decide que si con ella va a pasar el resto de su vida prefiere que ese resto de principio lo más pronto posible y corre a su encuentro. El diálogo, como era de suponerse en toda película romántica que se respete, se transforma en beso.

Incluye algunas escenas memorables que han echado raíces en la memoria de los cinéfilos, como la del orgasmo fingido en el restaurante, los personajes no lucen como jóvenes falsificados cuando recién han salido de la universidad y su evolución física durante los doce años que dilatan en asumirse como pareja, es verosímil. Mención aparte merece la banda sonora, a la vieja usanza, con música de Gerswhin, Duke Ellington, Benny Goodman, y las voces de Louis Armstrong, Ella Fitzgerald y Ray Charles, entre otros. Contribuye a fortalecer la idea de que estamos ante un clásico del género.


Jules Etienne

Billy Crystal y Meg Ryan cuando se encuentran durante la celebración del año nuevo.

sábado, 5 de enero de 2013

5. DÍAS DE RADIO (Radio Days, 1987)



Si bien todo el cine de Woody Allen tiene un carácter nostálgico y reminiscente de sus propias vivencias, Días de Radio está impregnada por completo de esa añoranza con el humor de la comedia. La película desemboca, precisamente, en la secuencia del baile de año nuevo en el ficticio salón King Cole, de Manhattan, y se transmite por la radio:

- ¿Por qué no estamos ahí, Abe?
- ¿Por qué no? Porque estamos aquí.
- ¿No quieres ir a los mejores lugares y tomar champaña de mi zapato?
- No puedo tomar tanto líquido. Un momento. Además, sólo los criminales y gente loca salen en año nuevo.

La cantante que encabeza la variedad es Diane Keaton y la protagonista, Mia Farrow, quien invita a otros comensales a subir a la azotea para esperar las doce campanadas y desde ahí exaltar ese Nueva York del que Allen siempre ha estado enamorado.

- Otro año ha pasado.
- Espero que 1944 sea un buen año.
- Pasan tan rápido.
- ¿Adónde van?
- Tan rápido. Luego envejecemos. Y nunca supimos de qué se trataba todo esto.
- Es cierto.

En ese momento empieza a nevar y todos tienen que regresar al salón. Días de Radio reúne los mejores atributos de la filmografía de su autor. Es la esencia misma de Woody Allen.


Jules Etienne

Diane Keaton cantando You'd Be So Nice To Come Home To, de Cole Porter.

jueves, 3 de enero de 2013

6. CORAZÓN SATÁNICO (Angel Heart, 1980)



A pesar de que la escena en la que se recibe al año nuevo de 1943 en Times Square, no es de una sola pieza, sino que se va mostrando de manera fragmentada, con intercortes de las alternancias temporales que sustentan su estructura narrativa, según los recuerdos más remotos y desperdigados de Harry Angel (Mickey Rourke en su mejor época). La reconstrucción de la misma sobreviene en el momento climático de la trama, es la respuesta al acertijo, porque el resto de la cinta serán las últimas piezas del rompecabezas, las claves del pasado que faltaban por colocar: la autoría de los crímenes, el incesto, la verdadera identidad del protagonista -quien insiste de manera obsesiva, tratando de convencerse: Sé quien soy-. En Corazón satánico converge la complejidad del terror con algunas pinceladas de cine negro.

Jules Etienne

Mickey Rourke como Harry Angel

martes, 1 de enero de 2013

¡AÑO NUEVO DE PELÍCULA!

  
"El beso de medianoche del 31 de diciembre no es un beso cualquiera. Plasma en un solo momento, la ilusión romántica de todo el año. Y este beso tan sobrestimado, que finalmente llega tras innumerables mensajes de texto, charlas virtuales, llamadas, idas y venidas, sucede en un momento en que el tiempo es de crucial importancia, justo cuando uno siente el peso del año que se avecina, mezclado con la soledad y las frustraciones de años pasados." Con este monólogo de Wilson (Scott McNairy), queda establecido el espíritu de Buscando un beso a medianoche (In Search of a Midnight Kiss), película independiente dirigida por Alex Holdridge en 2008, que concluye con la frase: "Este año será genial. Nunca la pasé tan bien en año nuevo."


El año nuevo se puede celebrar de muy diferentes maneras, hay quienes abordan un trasatlántico para vivir la Aventura del Poseidón (1972) y ver a Carol Lynley fingiendo que canta The Morning After* -algo que no le sucede a Stacy Ferguson en la versión posterior de 2006, puesto que ella si es cantante- lo mismo que a Salma Hayek vestida de blanco y con un espectacular escote cuando entona The Night I Fly**, la madrugada del año que empieza en las turbulentas noches disco de 54 (1998); a Diane Keaton recibiendo 1944 al suave ritmo de You'd Be So Nice To Come Home To, de Cole Porter, en Días de Radio (1987); o a la fascinante Michelle Pfeiffer haciendo una espléndida creación de Makin' Whoopee en Los fabulosos hermanos Baker (1989), mientras Jeff Bridges la acompaña en el piano.


En Sirenas y tiburones (Operation Petticoat, 1959), no es un barco, es un submarino color de rosa y tampoco reciben el año con una cena sino a plena luz del día con una comida, según se puede ver a Cary Grant, Tony Curtis y el resto de la tripulación. Por cierto, la hija de éste, Jamie Lee Curtis (quien para entonces ya se había ganado a pulso el título de reina del alarido: scream queen), al contrario de su padre, viaja por tierra y durante la noche para disfrazarse, junto con el resto de sus condiscípulos en El tren del terror (1980), magia de David Copperfield incluida: asesinatos en serie para despedir el año; al poco tiempo preferiría disfrazarse al lado de Dan Aykroyd y del entonces principiante Eddie Murphy -exclamando merry new year!-, en otro tren menos sangriento que los conduce a Filadelfia para cumplir una hilarante y puntual venganza en la comedia De mendigo a millonario (Trading Places, 1983).


Era año nuevo cuando Cary Grant le propuso matrimonio a Irene Dunne en La canción del recuerdo (Penny Serenade, 1941) y en ese momento empezó a nevar; la misma Irene Dunne, a punto de llorar en el escenario del Trocadero, en Magnolia (Show Boat, 1936), hasta ser reconocida por su padre, que se encuentra entre la audiencia; situación que se repite para Kathryn Grayson en la versión de 1951 de la misma película; y también el mismo Cary Grant, en pleno festejo de Vivir para gozar (Holiday, 1938) advierte que se ha comprometido con la mujer equivocada y decide corregir la ruta con quien debería ser su cuñada (Katharine Hepburn); una vez más Cary Grant, el experto en besos de año nuevo, sólo que en esta ocasión con Deborah Kerr en el crucero de Algo para recordar (An Affair to Remember, 1957); película que servirá de vínculo para la cita final en el Empire State entre Walter (Tom Hanks) y Annie (Meg Ryan), en Sintonía de amor (Sleepless in Seattle, 1993), en la que tienen lugar varias referencias al año nuevo.


Cabalgata (Cavalcade, 1933), gira en torno a la celebración del año que llega, comienza en la que corresponde a 1899 para concluir en 1933. La vida de una generación inglesa vista a través del prisma familiar de sus protagonistas. Tanto la de Jerry (Norma Shearer) y Ted (Chester Morris), en La divorciada (1930), como la de Johnny y Jane (James Stewart y Carole Lombard), en Nacidos para Amarse (Made it for Each Other, 1939), son parejas en crisis a quienes, por diferentes motivos, la noche del año viejo les ayuda a recuperar su relación.


Y es que a veces el espíritu festivo predispone al romance: el primer beso entre David Niven y Ginger Rogers en Mamá a la fuerza (Bachelor Mother, 1939), tiene lugar en la neoyorquina Times Square durante el bullicio del año nuevo, lo mismo que les sucederá a Debbie Reynolds y Eddie Fisher en su versión musicalizada Un rayito de sol (Bundle of Joy, 1957). Escenario que se repite, con el desencantado Norville Barnes (Tim Robbins) saliendo de su oficina en El apoderado de Hudsucker (The Hudsucker Proxy, 1994), mientras la multitud espera expectante la última campanada para despedir 1958. Al igual que para celebrar la llegada de 1943 -como lo anuncia la marquesina del RKO Palace-, en Corazón Satánico (Angel Heart, 1980), cuando Johnny Favorite le arranca el corazón con el fin de robarle el alma a un recluta tratando de romper su pacto con el "Príncipe de la Oscuridad", en medio de un caos temporal similar al que le permite a Jack Torrance (Jack Nicholson) brindar en los años veinte durante el baile de gala del hotel que lo ha contratado como vigilante más de medio siglo después, con la orquesta interpretando Midnight, the Stars and You, que se compuso hasta 1934, en El resplandor (The Shining, 1980).


En tanto que para otras parejas representa, por el contrario, el momento de la ruptura, como les sucede a Danny (Rob Lowe) y Debbie (Demi Moore), en ¿Te acuerdas de anoche? (About last night..., 1986). O para Jane Goodale (Ashley Judd), cuando Ray (Greg Kinnear) la invita a una fiesta de fin de año a la que nunca llega y ni siquiera la llama para disculparse, en Alguien como tú (Someone Like You, 2002). ¿Cómo olvidar al conmovedor Domenico (Sandro Panseri) en la fiesta de año nuevo de la oficina, esperando la llegada de Antonietta (Loredana Detto)? Lo que tampoco sucederá, en El empleo (Il Posto, 1961). Escena cuya tristeza neorrealista se reivindica por la simpatía resignada del personaje, caso opuesto al de la ilusoria Norma Desmond (Gloria Swanson) de El ocaso de una vida (Sunset Boulevard, 1950): "Yo sigo siendo grande. Son las películas las que se hicieron pequeñas", quien ordena un banquete para dos en su mansión -con todo y trío tocando el tango La Cumparsita-, sólo para ser rechazada por su protegido (William Holden), en una celebración tan siniestra como inolvidable.


Dramática, sí, aunque de ninguna manera tan brutal como la forma de despedir la década de los setenta del patético Little Bill (William Macy), asesinando a su ninfomaníaca esposa (Nina Hartley) para después suicidarse con un disparo en la boca, en Juegos de placer (Boogie Nights, 1997). Decisión que también toma Oscar (Peter Coyote) después de los excesos de la celebración, en su camarote del trasatlántico  en el que viaja junto con su esposa Mimi (Emmanuelle Seigner), en Luna Amarga (Bitter Moon, 1992), de Roman Polanski, quien también dirigió El bebé de Rosemary (1968), donde una anciana pareja involucrada en un culto satánico, invita a sus jóvenes vecinos (John Cassavetes y Mia Farrow) a brindar por 1966, o por "el año uno", contando a partir de que Rosemary haya tenido su criatura engendrada por el diablo.


No sólo suicidos, sino también crímenes se han cometido las noches en que un año da paso al siguiente. Como cuando Sheila Page (Joan Leslie), la estrella de Broadway, le dispara a su marido la víspera de 1947 y tras de que huye, amanece siendo año nuevo, pero de 1946, lo que le dará la oportunidad de vivir de nuevo y corregir sus errores del pasado, en Actuación repetida (Repeat Performance, 1947); o en Genio y figura (After the Thin Man, 1936), en que la pareja del detective Nick Charles y su esposa Nora (William Powell y Myrna Loy), tienen que investigar una serie de asesinatos que dan principio justo durante la última noche del año. Por supuesto, nada que se le parezca a la masacre en la fiesta para despedir el año del gangster Big Boy Caprice en el club Ritz, como sucede en Dick Tracy (1990).


En el París de la posguerra, el más bailarín que pintor Jerry Mulligan (Gene Kelly) permanece ajeno a la algarabía porque supone que ha perdido al amor de su vida (Leslie Caron), imaginando lo que sería volver a estar con ella, fantasía que se transforma en musical al ritmo de Sinfonía en París (An American in Paris, 1951). En tanto que Shirley MacLaine recorre apurada las calles de Nueva York, en blanco y negro, en busca de Jack Lemmon para escucharle decir que la adora, en la secuencia final de Piso de soltero (The Apartment, 1960); igual que Harry (Billy Crystal) corriendo en ese mismo Nueva York, pero en colores, tratando de alcanzar a Sally (Meg Ryan) antes de las doce típicas campanadas, en Cuando Harry encontró a Sally (1989).


A punto de recibir 1959, en La Habana, Michael Corleone (Al Pacino) le dice a su hermano Fredo (John Cazale), que le ha roto el corazón, porque sus traiciones han quedado al descubierto. No hay posibilidad de redención, el abrazo entre ambos equivale al beso de Judas, en El Padrino II (The Godfather: Part II, 1974). Y esa misma fecha en la isla, tanto el apostador Jack Weil (Robert Redford), en Habana (1990), como Robert Drapes (Sean Connery), un ex militar británico contratado para asesorar al dictador Fulgencio Batista, en Cuba (1979), serán testigos de la entrada a la capital de Fidel Castro al frente de los barbudos.


Luego están los ladrones, o más bien ladrona, en el caso de Barbara Stanwyck, quien intenta robarse un brazalete en navidad y en lugar de que el fiscal (Fred MacMurray) la persiga, acaba siendo protegida por él -la misma pareja del clásico Pacto de Sangre (Double Indemnity, 1944)-, cuando su juicio se pospone precisamente hasta el año nuevo en Recuerdo de una noche (1940). La versión original de Once a la medianoche (Ocean's Eleven, 1960), con Frank Sinatra como Danny Ocean, el organizador del robo a un casino de Las Vegas, ubica su acción la víspera de año nuevo, con lo que se establece una diferencia más con la exitosa versión posterior, La gran estafa (2001). Cuando un policía neoyorquino pierde su trabajo (Woody Harrelson), decide que la forma de solucionar sus problemas será asaltando el convoy que transporta el dinero con la paga de los empleados del metro y la mejor fecha para llevarlo a cabo es justo la víspera de año nuevo. Así es como tendrá lugar el Asalto al tren del dinero (Money Train, 1995).


Lino Ventura, tras seis años en prisión, sale en libertad aprovechando una amnistía con motivo del fin de año, y trata de recuperar un viejo amor (Francoise Fabian), en Una dama y un bribón (La Bonne Année, 1973), que fue objeto de una versión americanizada, Feliz año nuevo, con Peter Falk, en 1987. El propio Lino Ventura más tarde se convertiría en el Inspector Antoine Gallien, quien interroga la noche de año nuevo al influyente notario Martinaud (Michel Serrault), por el asesinato y violación de dos niñas en Bajo custodia (Garde á Vue, 1981). En su correspondiente remake hollywoodense, Bajo sospecha (Under Suspicion, 2000), resulta un tour de force entre Morgan Freeman y Gene Hackman, que ubica su acción durante las fiestas de San Sebastián en Puerto Rico, esto es, el 20 de enero.


El cine mexicano ha festejado a su manera la llegada del año, como Arturo de Córdova, el famoso violinista de Feliz año, amor mío (1955), cuando recibe la carta de su incógnita enamorada Marga López; la trama se inspiró en Cartas a una desconocida, de Stefan Zweig, que previamente había sido adaptada en Hollywood por Max Ophuls. También en 1955, Pedro Infante y Silvia Pinal pasan juntos, de manera casual, la noche del año nuevo en El Inocente, con la consecuencia de que tendrían que casarse, a pesar de la diferencia de estrato social al que pertenecen. Tiempo después, Angélica María y Alberto Vázquez correrán la misma suerte en Romeo contra Julieta (1968). Después de una exitosa temporada teatral, la obra Cada quien su vida (1959), escrita por Luis G. Basurto, fue adaptada al cine con Ana Luisa Peluffo en el papel de La Tacón Dorado y Kitty de Hoyos como Dorita, donde las prostitutas y clientes del cabaret El Paraíso esperan la llegada del año nuevo y más que celebrarlo se lamentan lo que ha sido de sus vidas, de ahí el título.


Tal vez la producción mexicana más ambiciosa en términos de reparto, haya sido Reportaje (1953), en la que el director de un diario ofrece a sus reporteros un premio de diez mil pesos a quien consiga la mejor noticia de ese año nuevo. La película se planeó en formato episódico, con varias historias independientes entre sí, para poder aprovechar la participación de las estrellas mexicanas más famosas de la época, desde Jorge Negrete y Pedro Infante, hasta Tin Tan y Joaquín Pardavé, de Dolores del Río y María Félix, a Miroslava, de Pedro Armendáriz y Arturo de Córdova, a Fernando Soler, todos pues, con la excepción de Mario Moreno Cantinflas, quien se negó a participar. Casi sesenta años después, Hollywood se aventuró a copiar el mismo formato en una película con diversas viñetas sobre la felicidad y las tragedias, encuentros y desencuentros sentimentales de un numeroso grupo de personajes durante el último día del año, lo que les pemitió alternar a figuras de diferentes generaciones como a Michelle Pfeiffer y Zac Efron, a Robert De Niro con Alyssa Milano, o a Jim Belushi y Ashton Kutcher, por mencionar sólo algunos de los miembros de un copioso reparto. Al igual que su antecesora mexicana, además del festejo, también el hospital y la clínica de maternidad son algunos de los escenarios en Año nuevo (New Year's Eve), dirigida por Garry Marshall con el fin de estrenarse justo para despedir 2011. 


Las primeras celebraciones de año nuevo en el cine fueron mudas, como la de Chaplin en La quimera del oro (The Gold Rush, 1925); luego vendría la de Mary Astor en Feliz año nuevo (1929); Más tarde, con la plenitud del sonido, Quince días de placer (Holiday Inn, 1942) era un mero pretexto para ver a Bing Crosby cantando y a Fred Astaire bailando; y mucho después, cuando el color se había posesionado de la pantalla, los jóvenes como Ben Affleck, Christina Ricci o Kate Hudson, esperan recibir 1981 en 200 cigarrillos (1999), tan neoyorquinos como Sarah Jessica Parker y su grupo de amigas en El sexo y la ciudad (2008); y entonces atravesar el Atlántico para llegar a Londres, de la mano de Renée Zellweger en El diario de Bridget Jones (2001), quien ha elaborado su lista de própósitos de año nuevo y se debate entre Colin Firth y Hugh Grant; aunque éste conocerá a Rachel Weisz en ese mismo Londres, una fiesta de año nuevo, en Un gran chico (About a Boy, 2002); trayecto opuesto, por cierto, al del británico Alfie (Jude Law) en Manhattan, quien al brindar con Nikki (Sienna Miller) el ímpetu alcanza tal intensidad que se quiebran sus copas con la llegada del año en Alfie, el seductor irresisitible (2004).


La llegada de un nuevo milenio significaba mucho más que el habitual cambio de año. En 1997 la cineasta Kathryn Bigelow -quien por entonces carecía del reconocimiento del que goza en la actualidad-, ubicaba durante los últimos días del siglo la acción de Días extraños (Strange Days), fábula violenta y futurista en la que Ralph Fiennes descubre la complicada red de una conspiración que involucra a la policía de Los Ángeles. Hemos llegado hasta aquí a celebrar el nuevo milenio en Kuala Lumpur, gracias a Catherine Zeta-Jones y su cómplice, el curtido Sean Connery, ejecutando su ambicioso plan para robar la sede de un gran corporativo, justo cuando el paso de 1999 a 2000 requiere de ciertos ajustes técnicos en el sistema de seguridad cibernético casi perfecto de La emboscada (Entrapment, 1999). Y para concluir, otro monólogo, que es tal y como iniciara este texto, con la diferencia de que acontece en el futuro y no es para celebrarlo: al final de Prometeo (2012) -la innecesaria reexploración de Alien, el octavo pasajero, por parte del cineasta Ridley Scott-, tras el caos de la destrucción, "aquí sólo queda la muerte y voy a dejarla atrás", la protagonista, Noomi Rapace, despide la película con estas palabras: "Es año nuevo en el año del señor 2094. Mi nombre es Elizabeth Shaw, la última sobreviviente de la nave Prometeo. Y aún sigo buscando". 


Más de medio centenar de películas en las que el año nuevo forma parte de su trama. En los días subsecuentes me ocuparé de mis seis escenas favoritas sobre el tema, de entre todos los títulos aquí mencionados.

Jules Etienne

* La voz es de Renée Armand
** Fue doblada por Nayobe Gómez


REPARTO
(por orden de aparición)

Invitación de año nuevo vía correo electrónico en Buscando un beso a medianoche (In Search of a Midnight Kiss, 2008), dirigida por Alex Holdridge.

Michelle Pfeiffer y Jeff Bridges en Los fabulosos hermanos Baker (The Fabulous Baker Boys, 1989), dirigida por Steve Kloves.

Dan Aykroyd, Jamie Lee Curtis, Eddie Murphy y Denholm Elliott en De mendigo a millonario (Trading Places, 1983), dirigida por John Landis.

Deborah Kerr y Cary Grant en Algo para recordar (An Affair to Remember, 1957), dirigida por Leo McCarey.

Diana Wynyard, Una O'Connor y otros, en Cabalgata (Cavalcade, 1933), dirigida por Frank Lloyd.

Jack Nicholson y Joe Turkel en El resplandor (The Shining, 1980), dirigida por Stanley Kubrick.

Gloria Swanson y William Holden en El ocaso de una vida (Sunset Boulevard (1950), de Billy Wilder.

Ruth Gordon, Mia Farrow y otros en El bebé de Rosemary, conocida durante su estreno como La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968), dirigida por Roman Polanski.

Joan Leslie en Actuación repetida (Repeat Performance, 1947), dirigida por Alfred L. Werker.

Billy Crystal y Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally (When Harry Met Sally, 1989), de Rob Reiner.

Al Pacino y John Cazale en El Padrino II (The Godfather: Part II, 1974), dirigida por Francis Ford Coppola.

Fred MacMurray y Barbara Stanwyck en Recuerdo de una noche (Remember the Night, 1940), dirigida por Mitchell Leisen.

Michel Serrault y Lino Ventura en Bajo custodia (Garde á Vue, 1981), dirigida por Claude Miller.

Pedro Infante y Silvia Pinal en El inocente (1955), dirigida por Rogelio A. González.

Escena del hospital en Año nuevo (New Year's Eve, 2011), dirigida por Garry Marshall.

Hugh Grant y Rachel Weisz en Un gran chico (About a Boy, 2002), dirigida por Chris y Paul Weitz.

Sean Connery y Catherine Zeta-Jones en La emboscada (Entrapment, 1999), dirigida por Jon Amiel.

lunes, 26 de noviembre de 2012

CASABLANCA setenta años después: HISTORIAS DE AMOR EN EL MAGREB


Nadie toca El tiempo pasa (As Time Goes By) como Sam”. Cuando Ingrid Bergman, o más bien su personaje de Ilsa, insiste al pianista Dooley Wilson que entone el tema de la película, no se imaginaba que esa canción se volvería tan popular y que la frase “Toca, Sam, toca El tiempo pasa”, daría pie a innumerables paráfrasis, parodias y hasta el título de una obra teatral que después se adaptaría al cine, escrita y protagonizada por Woody Allen: Sueños de seductor (Play it again, Sam, 1972).


Nunca es demasiado tarde para hablar de Casablanca, aunque sea ya tan poco lo que se pueda sumar a su leyenda. El día de hoy, 26 de noviembre, se cumplieron setenta años de su estreno. Imposible para quienes acudieron al cine Hollywood de Nueva York en esta misma fecha en 1942, predecir la vigencia que iba a adquirir con el tiempo como epítome de la aventura romántica, cuando el cine aún solía soñar sus historias con el mítico aliento del blanco y negro.


Entre sus claves exóticas, Casablanca incluye la geografía del norte de África para ubicar el reencuentro de Rick (Humphrey Bogart) e Ilsa (Ingrid Bergman), quienes de súbito confrontan los pendientes amorosos de su pasado, entre reproches y reclamos por el abrupto fin de su romance, interrumpido tras la invasión nazi de París (“los alemanes iban de gris, tu vestías de azul”), todo ello con el conflicto bélico como telón de fondo.


Sin embargo, mucho antes de que eso sucediera, ahora ya casi un siglo después de que Hollywood decidiera convertir a la región norafricana denominada como el Magreb -que comprende Marruecos, Argelia y Túnez-, en el escenario de algunos de las pasiones más célebres de la pantalla. Al parecer todo comenzó en 1921, cuando la aristocrática Lady Diana Mayo (Agnes Ayres) termina siendo seducida por el árabe Rodolfo Valentino en El jeque (The Sheik), película dirigida por George Melford. Aunque para poder superar la censura debido a que la ley impedía en aquella época los matrimonios interraciales, al final resulta que éste no era precisamente árabe, sino hijo de padre inglés y madre española, quienes murieron en el desierto. El éxito fue de tal magnitud que años más tarde se filmó una secuela, El hijo del jeque (Son of the Sheik), en 1926 en la que, por cierto, sería la última aparición de Valentino en el cine.


El mismo Valentino retornaría al escenario magrebí casi de inmediato después de El jeque, en 1922, como pareja de Gloria Swanson en Más allá de las rocas (Beyond the Rocks), basada en una novela de Elinor Glyn. Sería la única ocasión en que ambos coincidieron en una película. Esta cinta se consideró definitivamente perdida hasta que un coleccionista holandés la donó, junto con otros cientos de títulos, al museo nacional del filme en su país. Pudo ser restaurada y fue exhibida en el festival de Cannes de 2005. De manera que ahora es posible presenciar las desventuras amorosas de Theodora Fitzgerald (Gloria Swanson) incluso por televisión.


Por su parte, Ramón Novarro protagonizó El árabe, en 1924, adaptación de una obra teatral de Edgar Selwyn, en la que su pareja era Alice Terry, esposa del director de la cinta, Rex Ingram. Fue filmada en auténticos exteriores del norte de África -en Túnez para ser preciso-, región por la que el cineasta siempre expresó su predilección. En 1933, se filmaría una nueva versión sonora con el título original The Barbarian durante su rodaje, que se transformó en Una noche en El Cairo (A Night in Cairo) para su exhibición, porque en este caso parte de la acción tenía lugar en Egipto, fuera de los límites del Magreb auténtico. La pareja protagónica la formaron el propio Novarro y Myrna Loy.


Todas las películas citadas coincidían en presentar el romance de un personaje árabe, interpretado por Valentino o Novarro, con una mujer occidental. En contraste con Marruecos (1930), en la que Gary Cooper y Marlene Dietrich protagonizaron uno de los trabajos más estilizados de Joseph von Sternberg, filmada en los desiertos de escenografía que se recrearon en los estudios de la Paramount, cuenta las pasiones de un legionario y la cantante de cabaret Amy Jolly, y culmina con ella despojándose de los zapatos para poder seguir a pie a su amado a través del desierto. Esta memorable escena, por cierto, después sería copiada por el cine mexicano al final de Enamorada, que dirigió Emilio Indio Fernández en 1946.


Marlene Dietrich regresaría al entorno desértico en 1936 para interpretar un melodrama al lado de Charles Boyer con el Sahara como telón de fondo, en El jardín de Alá, de Richard Boleslawski y que, a diferencia de las películas previas, se filmó en colores.


Pero eso no es todo. Jean Gabin era el célebre ladrón Pépé le Moko ocultándose en la Casbah argelina en 1937, producción francesa dirigida por Julien Duvivier que sería de inmediato hollywoodizada al año siguiente como Argel, con Charles Boyer y una deslumbrante Heddy Lamarr. Se trata de uno de los muy contados remakes que mantienen la calidad de la película europea que les precede. El guión de la versión americana -que respeta el escenario argelino y no lo traiciona con uno de esos improbables trasplantes a los que son tan afectos en Hollywood-, fue escrito por James M. Cain. Ambas versiones merecen un comentario por separado que espero tener oportunidad de realizar en el futuro.


El Magreb ha sido un escenario generoso, testigo de los idilios en pantalla de Bogart y Bergman, Valentino y Swanson, Cooper y Dietrich, Boyer y Lamarr. Suficiente para uno de los capítulos más intensos en la historia del cine romántico.


Jules Etienne

sábado, 4 de agosto de 2012

La sonrisa de Marilyn


¿Desde cuándo había dejado de ser Norma Jeane al mirarse en el espejo? ¿En qué momento las breves noches del verano se volvieron el prolongado desierto de la soledad? Se había cansado de que la llamaran Marilyn, estaba harta de seguir siendo quien ya no quería ser. Sin embargo, a estas alturas de la vida, o de la muerte, ¿quién más podría ser? ¿La hija de Gladys y alguien que ni siquiera sabía de su existencia o, peor aún, tendría conocimiento de ella pero habría preferido ignorarla? Ese alguien que lo mismo podía ser Martin Mortensen, el ex marido de su madre, o aquel Charles que se parecía a Clark Gable y que la propia Gladys le señaló en una fotografía, ¿cómo saberlo si estaba loca y había pasado años recluida en un manicomio?


¿Sería Norma Jeane otra vez? Hacía dieciséis años que nadie la llamaba así, y muchos más desde que había decidido dejar de recordar. Porque los recuerdos hieren. Mienten quienes piensan que cualquier tiempo pasado pudo ser mejor, el pasado no existe, no es más que un extenso, interminable silencio del tiempo. Y ahí estaba el presente convirtiéndose en pretérito a cada segundo que transcurre, mirando siempre el futuro como una ilusión, una quimera que tal vez nunca llegue porque nadie puede saber con certeza si amanecerá de nuevo mañana.


Por eso y tantos otros pensamientos que la atormentaban, estiró su mano para alcanzar entre los frascos de Thorazine, Amital, Fenobarbital, y Demerol, el que contenía las píldoras de Nembutal. Por eso, y a pesar de todo el esfuerzo para al fin dejar de recordar, la habitación se fue llenando de rostros y de voces. La de Joe reclamando cualquiera de las cosas que siempre le reprochaba, pero ¿si bien sabía que ella había aparecido desnuda en Playboy antes de que se casaran, cuál era el afán de molestarse por un calendario? Y la de Arthur, a cuyo lado siempre se sintió ignorante. El resplandor efímero de las cámaras fotográficas y los reporteros preguntándole cualquier cosa: ¿qué se pone para dormir? Chanel número 5, los ejecutivos de la Fox amenazando con rescindir su contrato. También estaba Bobby, celoso de su propio hermano. Feliz cumpleaños, señor presidente, balbuceó en voz alta. Y esos relámpagos de los fotógrafos que parecían no detenerse jamás.


El doctor Greenson se fue de su casa a las siete y le encomendó a Eunice, el ama de llaves, que estuviera al pendiente de ella. Aunque ¿quién puede mantenerse atento de una muerta? Norma Jeane había muerto legalmente en 1956 cuando se cambió el nombre por el de Marilyn, y también murió como cristiana puesto que se convirtió a la religión judía. Había muerto cuando perdió la impunidad de la inocencia al ver a su madre encerrada en una clínica para enfermos mentales, había vuelto a morir después de cada uno de sus divorcios, de James, de Joe y de Arthur. En realidad llevaba muerta desde que el desamor se le había arraigado en el alma dejando la fama de su piel deshabitada.


Cuando la llamó Peter Lawford, le pidió que la despidiera de Pat, su esposa, también del presidente y le dijo adiós. Más tarde intentó comunicarse de nuevo con ella pero ya nunca le respondería. El teléfono permaneció descolgado sin respuesta. En el hotel St. Charles de San Francisco siempre negaron haber recibido su llamada. Era la hora para dejar de temer al pasado. Reconocer que es imposibe transformar lo que ha quedado como testimonio de lo vivido. Entonces ya sólo le aterraba el futuro, aquello que todavía estaría por vivir.


Se miró al espejo y advirtió arrugas en las comisuras de sus ojos, hubiera preferido verse como cuando era la joven veinteañera que posaba desnuda para los almanaques. Pero los espejos traicionan, suelen tener mala memoria y no devuelven la imagen que se desearía ver sino aquella que se le antoja a la realidad. La edad es un monstruo invencible y se prometió que nunca la verían envejecer. Entonces ingirió de un solo golpe todas las tabletas de nembutales que quedaban en el frasco. Igual que como había llegado, la vida se fue desnuda esa madrugada.


Hay quienes suponen un imperceptible halo de tristeza en la sonrisa con la que aparece en sus fotografías. Advierten un peculiar contraste en la mezcla voluptuosa que confunde la alegría del momento con su nostalgia por aquello que habría preferido vivir o de quien le hubiera gustado ser: una mujer real, de carne, con la sangre latiendo en su realidad cotidiana en lugar de eso a lo que llaman mito sexual, la ilusión mórbida para tantos desconocidos que sólo soñaban acostarse con ella, colgada de las paredes como un calendario o atrapada en el marco de los carteles. En todo caso, el despliegue sonriente de sus labios coloreados con el carmesí de Revlon, captura tantos enigmas como la Monalisa. Las sonrisas de ambas siguen allí, quién sabe por cuanta eternidad, en la memoria de todos.


Jules Etienne

sábado, 26 de mayo de 2012

LA VERDADERA NOCHE DEL VAMPIRO


El 26 de mayo de 1897 apareció en Inglaterra la primera edición de Drácula, escrita por Bram Stoker y publicada por Archibald Constable and Company. Si bien existían varios precedentes como era el caso del cuento El vampiro, de John William Polidori*, publicado en 1819, la novela Carmilla, de Sheridan Le Fanu –irlandés al igual que Stoker-, La muerta enamorada, de Téophile Gautier, y La dama pálida, también conocida en español como La hermosa vampirizada, que Alexandre Dumas había incluido en su volumen de relatos Los mil y un fantasmas, entre los más destacados, fue la novela de Stoker la que se erigió como el gran clásico del género y arquetipo que dio origen a una de las vertientes más exitosas del género de horror en la historia del cine.

El día mencionado acabaría por establecer una serie de curiosas coincidencias que son el motivo del presente texto. Tres de los actores de habla inglesa más emblemáticos del vampirismo, nacieron en esta misma fecha o al día siguiente. De tal manera que la noche que va del 26 al 27 de mayo bien podría designarse como La noche del vampiro

El primero de ellos, por riguroso orden de aparición, sería Vincent Price. Nació en St. Louis, Missouri, el 27 de mayo de 1911. Al principio de su carrera participó en auténticos clásicos del cine como Laura (1944) y Que el cielo la juzgue (Leave Her to Heaven, 1946), ambas con Gene Tierney. Pero es a partir de 1953 que tiene lugar su primer encuentro con el género por el cual sería recordado, cuando filmó Terror en el museo de cera (House of Wax) y pocos años después La mosca (1958) y La casa de la colina embrujada (1959). A principios de la década de los sesenta protagonizó media docena de adaptaciones al cine de relatos de Edgar Allan Poe producidos por American International Pictures (AIP), la empresa del legendario Roger Corman, y en 1968 prestó su voz para la narración en inglés de Historias Extraordinarias, tres cuentos del propio Poe dirigidos por Fellini, Louis Malle y Roger Vadim. Un año antes había interpretado al conde Sforza, quien provenía de Transilvania, en el episodio V es por vampiro en una serie de televisión. Cabe la acotación de que la propia AIP tenía planeado continuar la saga del Doctor Phibes –que caracterizaba Vincent Price-, enfrentándolo con un vampiro a quien llamarían el conde Yorga (Robert Quarry). Finalmente, el proyecto no se concretó de esa manera y el serial de El conde Yorga, Vampiro ya no tuvo relación alguna con el Doctor Phibes.

He dejado para el final, su participación más simbólica en el cine de vampiros, que tuvo lugar en El último hombre sobre la tierra (The Last Man on Earth, 1964), basada en la novela Soy leyenda (I am Legend), de Richard Matheson. Dicha obra fue publicada en 1954 y presentaba una visión apocalíptica del futuro de la humanidad -¿es que se podría esperar otra?- ubicando la acción en la década de los años setenta, cuando tras una guerra bacteriológica sólo sobrevivían aquellos que mutaron en vampiros: los infectados con el virus y los muertos resucitados gracias a la propia bacteria. Como lo establece la mitología vampírica, rechazaban el ajo y los crucifijos, no se reflejaban en los espejos pero, sobre todo, eran alérgicos a la luz solar. El protagonista era el único sobreviviente que no había sido infectado. Esta es la trama que se adaptó al cine para ser interpretada por Vincent Price. Después, en 1971 se filmó La Última Esperanza (The Omega Man), adaptación bastante libre que protagonizaba Charlton Heston. Mucho se comentó que el cineasta Ridley Scott, tras el éxito de Blade Runner, planeaba flimar una nueva versión con Arnold Schwarzenegger, pero no llegó a concretarse. Sería hasta 2007 que se estrenaría Soy leyenda –respetando el título original de la novela-, con Will Smith. Apenas un mes antes de su llegada a las salas se exhibió una producción bastante modesta titulada Soy Omega (I am Omega, 2007). Más allá de la película en sí misma y sus posteriores versiones, lo que llama la atención de El último hombre sobre la tierra es su sorpresiva influencia propiciando, a partir de La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Dead, 1968), el clásico de George A. Romero en que los vampiros se transformaron en zombies –como de alguna manera también acontece en La última esperanza-, todo un subgénero de culto para los aficionados al terror que se extiende hasta la paródica Tierra de zombies (Zombieland, 2009) y alcanza sin pudor alguno al cine pornógrafico en Chasey Lain salva al mundo (Chasey saves the world, 1996).


El 26 de mayo de 1913, en Surrey, Inglaterra, nació Peter Cushing. Su larga asociación con la legendaria Hammer films, productora especializada en el género y responsable de varios clásicos, provocó que Cushing interpretara en seis ocasiones al barón Frankenstein, desde La maldición de Frankenstein (1957) hasta Frankenstein y el monstruo del infierno (1974), que sería la última producción del sello Hammer sobre el personaje, incluyendo algunos títulos memorables como Frankenstein creó a la mujer (1967), donde Susan Denberg desbordaba erotismo (tras aparecer desnuda en las páginas de la revista Playboy fue una de las finalistas para playmate de ese año) como la creación del científico. Todas fueron dirigidas por Terence Fisher excepto una, que corrió a cargo de Freddie Francis.


Pero es su vínculo de con los vampiros lo que realmente nos interesa ahora. Cushing tuvo a su cargo el rol del doctor Van Helsing, el implacable cazavampiros, en cinco películas, comenzando con la versión Hammer de Drácula (Horror of Dracula), dirigida en 1958 por Terence Fisher, en la que Christopher Lee recreaba al mítico conde. Después se sucederían Las novias de Drácula (1960), Drácula 1972 D. C. (1972), Los rituales satánicos de Drácula (1973), Los siete vampiros de oro (1974), donde la descabellada trama se ubica en China. También interpretó personajes similares al de Van Helsing, tal sería el caso del General von Spielsdorf en Amores de Vampiros (The Vampire Lovers, 1970), que era una adaptación erotizada de la novela Carmilla, o como Gustave Weil en Las hijas de Drácula (1971), una reelaboración de la trama con personajes de la misma obra de Le Fanu.

Por último, el londinense Christopher Lee, al igual que Vincent Price, es del 27 de mayo, sólo que de 1920. Su filmografía comprende cerca de trescientos títulos y a pesar de su edad, se mantiene en activo. No hace mucho fue posible verlo como Labisse, el generoso librero en La invención de Hugo (2011), de Martin Scorsese. Sin embargo, su huella en el cine quedará marcada para siempre como el mítico conde Drácula. Tanto a Christopher Lee como a Bela Lugosi –un auténtico transilvano-, se les considera el prototipo del vampiro en la pantalla. Desde la ya mencionada versión de Drácula que protagonizó en 1958, en la que Peter Cushing era su antagonista Van Helsing, hasta Drácula, padre e hijo (Dracula pére et fils, 1977), comedia de tintes paródicos filmada en Francia, interpretó al personaje en una decena de películas.


Eso sin tomar en cuenta aquellas en las que aparece con otro nombre como el conde Karnstein en La maldición de los Karnstein (1963), Philippe Darvas, de quien se sospechaba podría ser un aesino en serie con tendencias vampíricas, en El teatro de la muerte (1966) o el conde Regula en la producción alemana El foso de las serpientes (1967), en la que si bien no era un vampiro en el sentido tradicional, requería la sangre de jóvenes vírgenes para su inmortalidad., película inspirada libremente en El pozo y el péndulo, de Poe. Tampoco las comedias en las que apareció caracterizado como vampiro: El cristiano mágico (The Magic Christian, 1969) o el barón Roderico da Frankfurten en Agárrame ese vampiro (1959), en la comedia One more time (1970), de Jerry Lewis, en que aparecen tanto Lee en su caracterización del conde Drácula como Cushing en la del doctor Frankenstein sin crédito en pantalla; o prestando su voz para Drácula en Frankenweenie (aún sin título en español), película de los estudios Disney dirigida por Tim Burton que todavía se encuentra en su fase de post producción.


De manera que Drácula, príncipe de las tinieblas (1966), Drácula vuelve de la tumba (1968), El poder de la sangre de Drácula (1969), El conde Drácula (1970), otra revisión a la novela de Stoker a cargo de Jess (Jesús) Franco, Prueba la sangre de Drácula (1970), Las cicatrices de Drácula (1970), Drácula 1972 D. C. (1972), y Los rituales satánicos de Drácula (1973), configuran la filmografía más abundante dedicada al legendario personaje.


Resulta que ni Brad Pitt y tampoco Tom Cruise, el par de vampiros de Entrevista con el vampiro (1994), son de este mes, en cambio el londinense Robert Pattinson, protagonista de Crepúsculo (Twilight) -la saga del género más exitosa en años recientes-, nació un 13 de mayo. Además, es posible ampliar la lista con la actriz de películas B (b-movie) Linnea Quigley, quien tuvo una breve aparición como enfermera en Sangre inocente (Innocent Blood, 1992), también conocida en español como Transilvania, mi amor. Dos años después protagonizó una proyecto inconcluso: Cazador de vampiros (Vampire Hunter), que estaba dirigiendo Robert Rundle. Más reciente fue su intervención en la producción para video Teatrovampiro (Vampitheatre) y en la película independiente La mujer vampir (Le Femme Vampir), ambas en 2009. Viene al caso porque su fecha de nacimiento es el 27 de mayo de 1958.


A quienes hayan dado lectura a esta Noche del vampiro, tal vez  pueda parecerles una investigación demasiado ociosa, pero debo confesar que ha sido casual, buscando a los nativos del mismo día en que cumplo años, me topé con estas coincidencias. También un 27 de mayo nacieron Dashiell Hammett -uno de mis autores favoritos de novela negra-, y Henry Kissinger, a quien se le podría calificar fácilmente como un vampiro de la política.


Jules Etienne

* En mayo de 1816, los poetas Lord Byron y Percy Shelley se encontraron en Suiza, a orillas del Lago Ginebra, para pasar allí la temporada veraniega. El primero iba acompañado por un joven médico con aspiraciones literarias, John Polidori, en tanto que Shelley llegó con su entonces amante, Mary Wollstonecraft Godwin, de dieciocho años de edad, quien más tarde sería su esposa; y de su hermanastra Claire Clairmont. Fue una noche de junio, en la Villa Diodati rentada por Byron, cuando al calor de las copas y de la lectura de algunos pasajes de Phantasmagoriana, se gestaría el origen de Frankenstein, la hoy famosa novela de horror gótico de Mary Shelley, en tanto que John Polidori escribió El Vampiro: un cuento, que se publicaría en la edición correspondiente a abril de 1819 de New Monthly magazine.

Se filmaron tres películas sobre ese verano. La primera de ellas, Gothic, dirigida por Ken Russell en 1986, con Gabriel Byrne como Byron, Julian Sands en el papel de Shelley, y la entonces debutante Natasha Richardson era Mary Shelley. Más tarde, en 1988, la producción española Remando al viento, dirigida por Gonzalo Suárez, con un todavía muy joven Hugh Grant como Lord Byron -durante el rodaje conoció a Elizabeth Hurley, quien interpretaba el personaje de Claire-. Esta película tuve la oportunidad de incluirla en una Muestra Internacional de Cine, cuando me encontraba al frente de la Cineteca Nacional de México, y recuerdo que la crítica fue particularmente agresiva con ella. Por último, también de 1988 es Haunted Summer, que en muchos países no tuvo estreno comercial en las salas de cine y apareció directamente en el mercado de video, como fue el caso de México. Como mero detalle, Alex Winter hace el papel de Polidori, el mismo actor que después ganaría popularidad al lado de Keanu Reeves, como la pareja protagonista del serial inciado con La magnífica aventura de Bill y Ted.

Resulta curioso constatar que una especie de maldición trágica persiguió a quienes se reunieron aquel verano. Polidori se sucidaría en 1821, a la edad de 25. Al año siguiente, Percy Shelley murió ahogado en Italia. Byron murió en Grecia, en 1824, a los 36 años. La hija que tuvo con Claire, fruto de esas noches en la Villa Diodati, murió a los cinco años de edad. Y de los cuatro hijos que tuvieron los Shelley, sólo uno pudo sobrevivir.